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Pessoa, un escritor pulenta
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Hacé fuerza que sale  

Informe revelador: ¿Nuestros abuelos usaban la catanga como moda?

En los albores de la humanidad era el dedo, el índice o el medio (dependiendo de la destreza gusto y/o habilidad del interesado), el aliado a la hora de limpiar el traste luego de evacuar los mamuts y los tigres de sable que habían servido de alimento a aquellos proyectos de seres humanos. Seguramente, alguna que otra hoja de un pobre vegetal también podría haber sido utilizada para este inmundo propósito, pero son solo suposiciones.

La verdadera historia comienza en el Cercano Oriente, ya que allí se garrapatearon los primeros textos, en escritura cuneiforme, sobre tablas de arcilla cocida. Las excavaciones en Nínive y Babilonia así lo demuestran. Luego, griegos y romanos, utilizaron gran variedad de materiales para escribir: bronce, madera e incluso marfil. Y no debemos olvidar al papiro egipcio. Tuvieron que pasar varios siglos hasta que un chino (según la tradición) llamado Cai Lun (o Tsai-lun), un eunuco de la corte Han oriental del emperador chino Hedi (o Ho Ti), decidiera, cansado seguramente de limpiar su ya bastante raspado culo con materiales poco menos que aptos, como las tablillas de arcilla, inventar el papel allá por el año 105.

Demostrando acaso, que el culo es el primer olvidado de la historia humana.

Allá por la edad media, en las ciudades europeas surge la costumbre de que las damas, acompañadas por un caballero, vayan del lado de la pared, al transitar por las calles. Y esto no se debe a que el tipo quería evitar que le roben la cartera a la tipa, como algunos deben haber pensado (¿usaban cartera?) o por la utilización masculina de las escupideras que se encontraban en el cordón de la vereda y las vidrieras, amigas femeninas incondicionales, sino al hecho de que se estilaba, en las ciudades, gritar "¡Agua va!" al mismo tiempo que por la ventana se arrojaban las deposiciones del día, conservadas primorosamente en el ancestro de las chatas actuales.

Ya desde ese momento el tipo aprendió a comerse la mierda que le tocaba a su compañera. Y que las minas pensaran "este es mi protector" por el infeliz de turno que estaba al lado.

Tuvo que pasar todavía más tiempo, para que lo que por el upite sale dejase de tener un destino incierto en las calles; ya que el mejor amigo del hombre, y que precisamente no es el perro, no fue popular hasta bien entrado siglo XX y nos referimos a esto al, si señores, INODORO. Era moneda corriente, lo sigue siendo, la letrina. Cualquier varón porteño que se precie ha conocido a esta amiga así no sea en la histórica pizzería Imperio, ahí nomás, en Chacarita. Pizza leal si la hay que te lleva al baño del mismo lugar más rápido de lo que canta un gallo y después de ir por el sinuoso y misterioso pasillo que te conduce, hasta el más macho es maricón, al encontrarse con una letrina hedionda donde tiene que hacer el equilibrio más fino mientras hace fuerza. Cosas jodidas si las hay...

Si hasta el presidente Alvear, cuando es llevado preso a la isla Martín García le hace el pedido urgente a su esposa, no por los favores maritales que todo preso reclama, sino para que por favor le llevara desde Buenos Aires su inodoro inglés, ya que estaba constipado hacía semanas y cada vez que salía el amigo se caía, porque no salía esto tan mágico del equilibrio y que no es justo, cualquier presidente tiene sus derechos, que se creen de esta cosa jodida de andar haciendo equilibrio para cagar, quería su inodoro. Objeto preciado por Alvear y por el pueblo argentino que hoy exhibe con gloria en el museo isleño, junto a los objetos personales del querido presidente de la patria (el que bien busca, encontrará algún papel higiénico usado).

Y el inodoro tiene otro amigo, inventado en el siglo XVIII, y es el amado por todas: el bidet. Creado por los mismos sucios de la historia, los franceses. Este pueblo europeo se ha atribuido inventos grandiosos por su vagancia a meterse en la bañera: el bidet, porque les encanta el amor, pero que las mujeres se quiten la mayonesa antes; el perfume, para tapar el insoportable olor a chivo (y a lo que sea), que no los dejaba ni hablar entre ellos de lo insoportable que era; la utilización obsesiva de las pelucas, para tapar los piojos y la mugre; y todo esto hasta que la pegaron con el mejor invento de todos: la ducha, a fin de hacer el trámite de higiene lo más rápido posible y pasar a otra cosa, por favor, a ver si me resfrío y caigo muerto por la calle por andar sacándome las capas de mugre protectora.

¿Qué se habrá inventado primero: el bidet o el inodoro? Poco importa porque por lo general, cuando están los dos juntos, uno se encuentra al lado del otro, no antes o después.

Se dice que las mujeres tienen sus mejores orgasmos con la flor del bidet, y las peores vaginitis las pobres que no poseen en sus casas una ducha de mano. Las inglesas no tienen suerte porque en su país todavía no se descubrió el bidet, cosa que se ignora si es fruto del histórico odio que se tiene a Francia, si es porque prefieren que sus mujeres no conozcan delicia semejante, si es porque así como se negaron a entrar en la Comunidad Europea también se negaron a entrara en la globalización y desconocen invento tan brillante, o si de roñosos nomás, por puro gusto de andar con la catanga al viento todo el día. Píenselo de este modo: por algo los escoceses adoran esas polleritas. Por esto será que los ingleses andan todo el día con esa cara de sorete atravesado, pueblo reprimido si los hay, o puede ser por la falta de uno u otro polvo más allá de la baja de natalidad que sufre ese país.

Los ingleses demuestran que el inodoro y el bidet no necesariamente son amigos y es verdad eso, en casas de mismísimo Buenos Aires muchas veces no hay bidet, por lo general los motivos son tres: falta de espacio para poner un bidet, utilización de pozo negro y un bidet con su correspondiente carga de agua llenaría el pozo más rápido de lo debido y habría que llamar al camión atmosférico levanta mierda más rápido de la cuenta, o por rata y sucio nomás, para qué hacer otro desagüe si así estamos bien, la Bety se pasa un poco más de papel y la limpio con la lengua nomás, total asco no me da.

En China otro bombo resuena. Se usa una zanjita. Así como leyó: una zanjita. Pero no para depositar la micción, como suele verse en algunos tugurios porteños de mala muerte, en estos canales los chinitos que satisfacen sus necesidades fisiológicas depositan su garko en el agua que pasa de manera interrumpida por los sanitarios individuales. Recomiendo ir a la primera puerta, que si no ve como circulan teresos ajenos. También esto tiene su lado amable, ya que fomenta el ludismo en el baño: no sólo hacen competencias para ver quien mea más lejos, sino que también, numeran a los soretes para ver cual recorre la zanja más rápido. También hay estudios acerca de la forma de los teresos en esta región tan lejana, se da porque todos ven los garkos del otro y se preguntan por la diferencia de tamaño, color y forma. Con respecto a este tema, consultamos la opinión de Jean Pierre Damierre, experto en el análisis de la bosta y afines, cocainómano retirado y actual Presidente del Departamento de Morfología Deposicional de La Sorbona, nos cuenta: "El Estudio de las Morfología del Tereso o Cacamancia ha sido una ciencia oculta por muchos años, hoy en día están saliendo a la luz los secretos de este arte. Mi pasión por este tema surgió el día en que para sorpresa mía y de toda mi familia, encontré sumergido en mi inodoro una réplica exacta de la figura del Papa Juan Pablo I con un bebe en brazos. Este don se manifestó nuevamente la mañana del 11 de septiembre del 2001 cuando salió de mí lo que luego reconocí como dos torres gemelas. Desde entonces siempre recuerdo a quienes me visitan: el futuro es una cagada, no tire la cadena. Me especialicé en China, único lugar donde se hace la maestría en Cacamancia, y me enteré en el posgrado que esto de las imágenes en las deposiciones son fruto del inconsciente, una parte del cerebro donde sabe que es lo que va a ocurrir en el futuro inmediato. Desde entonces me dedico a este arte, tengo mi mesa colocada todos los fines de semana en la Recoleta, al lado del Tarot y junto a un inodoro químico que me hace de oficina". Fuimos al lugar donde se encuentra por lo general un estudiante ad-honorem argentino que nos dice: "esta debería ser una pasión nacional, los argentinos somos los especialistas en mandarnos cagadas, habría que estudiarlas mejor, el maestro me manda por mail resultados de las fotos que le mando desde la oficina de acá. Es un trabajo muy gratificante este."

En nuestra sociedad, donde la asepsia es la moda y es común y confortable los ambientes libres del humo de cigarrillo y olores a pedo, y el aire acondicionado o la calefacción central es común en cualquier oficina de mala muerte, es difícil imaginar que esto es de los últimos años. Sin ir más lejos no sólo nuestros abuelos no disfrutaron de la "calidad ambiental" sino que nuestros padres recuerdan esos días de su infancia, impregnados lo recuerdos con los olores a bacalao en la cocina y a pata en el dormitorio.

Los desodorantes de ambiente, tan comunes hoy día, se inventaron recién a mediados del siglo pasado, si en la época de nuestros abuelos apenas si había matachivo, imagínense cuando alguien se tiraba un pedo mal, no había cloacas en todo lados, sino simplemente el ponderoso, y aún actual en algunas zonas, pozo negro; ahí mismo, donde uno vivía, se apareaba, comía y dormía, también dejaba sus desechos de la naturaleza, ahí mismo donde al lado nomás, se erigía el pozo de agua.

Pero no nos alejemos más de nuestro tema: poco nos importan como cagan los jipis comunistas inmundos esos de los chinos, que por algo tienen esa fama de roñosos. Nuestro mundo aséptico no es de hace mucho, eso tiene que quedar claro. Es desde que contaminamos tanto este planeta que nos da asco y decidimos que si no podemos tener los ríos limpios, por lo menos en el culo propio no se va a notar. Por ese motivo hay que dejar de fumar, es culpa de los fumadores el smog sobre las ciudades y culpa de los chinos con sus fuegos artificiales la contaminación del ruido que padecemos a diario.

La Nutria, 2004

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