Los Cuentos del Don
El Abismo de Azufre
Hola, hola, hola y más holas tiene el mar. ¿Cómo andan? Yo aquí estoy, con otro cuento para ustedes. Uno de esos relatos que los van a hacer reír, llorar, pensar y, quizás, bailar tap. Son historias que he escrito con mi imaginación, mi cariño, mi afecto y mis dedos... porque sino como que se me complica sin ellos... y hacer la gran "Mi Pie Izquierdo" me resulta algo incómodo y rídiculo.
El siguiente cuento se titula "El Abismo de Azufre" aunque se me ocurre que también se podría llamar "La Gesta de Friedrich González, valiente hombre que descendió hasta los mismísimos Infiernos por el amor de su chichi."
Friedrich González estaba enamorado. Pero Ariadna, su amada, murió al prendérsele fuego el escote, en una jugada del destino, tan adverso y realmente tan poco original. Friedrich, entonces, lloró y lloró y lloró mientras picaba unas cebollas. Vaya uno a saber porqué, pero desde que su amor se había marchado, Friedrich González se la pasaba haciendo ensaladas.
Extraños caprichos tiene en verdad la depresión; por ejemplo, un hombre de Suecia -luego de haber perdido a su hijo- solía tallar en madera figuras de hipopótamos besándose con teléfonos, y una mujer de España -luego de haber
perdido su virginidad- solía rellenar sus zapatos con tallarines al tuco.
La cuestión es que Friedrich González estaba afligido, y con la circulación bárbara por tanto comer cebollas. Friedrich era profundamente melancólico, por lo cual tenía sólo dos opciones: o contratar prostitutas y vestirlas con
las ropas de su difunta esposa, pidiéndoles que pretendan que eran ella, o bien descender hasta los mismísmos Infiernos para buscarla. Y sabía que era en los Infiernos porque realmente Ariadna era una bestia en la cama.
Armado sólo con valor, obstinación, amor y pasta dentífrica, el enamorado descendió hasta el Averno en la búsqueda del alma de quien había perdido, siguiendo los pasos de tantos otros mitos, cuentos, óperas y operetas hechas
por engreídos desfigurados. Allí abajo se encontró con llamaradas gigantes, huestes de aromas pestilantes, millares de bestias sudorosas y rudas... tal cual como en una parrilla de Constitución. Entre este caos dantesco Friedrich González se plantó y dijo "¿Dónde está aquella que he amado, aquella a quien he entregado mi alma, mi cuerpo, mi sombra, mi ser, mi todo? ¿Dónde está?" A lo cual los Condenados contestaron: "Donde yacen las infieles, salame." Motivo por el cual Friedrich González se tomó las valijas y se fue al carajo. Fin.
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